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martes, 8 de junio de 2010

"¡Hey you!"

Conservo la imagen de la niña que me llamaba insistente repitiendo esa frase. Era imposible no mirarla. De Haití traje muchas penas después de ver la miseria de los damnificados en inhóspitos espacios. Esa pequeña de dos años, que quizás no hablaba su propio idioma, con su carita sucia, pedía mi atención con las únicas palabras que conoce en inglés: "Hey you! Hey you!". Que yo sea una extranjera para ella significa que en mí hay posibilidades de obtener ayuda. Seguro que esa frase la aprendió de los extraños que llegaron a su devastado país para colaborar. Ella representa el grito de Haití al mundo: Hey, you, mírame, te necesito.



La situación de los niños me impactó de forma especial. Vi tantos pequeños que quedaron huérfanos que sobreviven desprotegidos en las carpas, donde los hechos de violencia y miseria son el panorama cotidiano. Si esos refugios no son seguros ni para los adultos ya se imaginarán los peligros a los que están expuestos los niños y las niñas sin nadie que esté atento a sus necesidades básicas como salud y alimentación, por ejemplo. 

miércoles, 2 de junio de 2010

Abusos e inseguridad en las carpas de Haití

En los campamentos de damnificados del terremoto que devastó a Haití no hay garantías de seguridad para nadie, pero las niñas y las adolescentes tienen una cuota extra de vulnerabilidad. El hacinamiento, la oscuridad, la pobreza y desesperación que lleva mucha gente a la violencia favorece que las mujeres sean víctimas del abuso sexual o que sucumban a la prostitución para obtener dinero.


Carlos Jean-Charles, asentado en los campamentos próximos al Palacio Presidencial, denuncia que en las noches no hay iluminación y que ni la policía ni otro organismo internacional de orden vigila la zona.

“No sé por qué no vienen por aquí, parece que tienen miedo. Hay gente que anda con cuchillos y armas y te roba lo poco que tienes, buscan pleitos. No hay seguridad”, expone.

Cuando se le pregunta sobre la situación de las mujeres, Jean-Charles expresa que niñas de nueve años se prostituyen para llevar dinero a sus padres y que las mujeres sufren violaciones sexuales.

Es difícil encontrar víctimas que deseen hablar de esa crueldad. Las mujeres temen hacer declaraciones porque aseguran que luego sus agresores las golpean, las encañonan con pistolas y las amenazan con matarlas si denuncian los casos.

“Si quieres comer mañana tienes que ofrecer sexo esta noche”, dice Bernardette, una muchacha de 17 años, de cuerpo fornido y grandes ojos marrones que oculta cuando se refiere al tema.

Un cliente, dice, puede pagar entre 80 y 100 pesos haitianos (unos dos dólares) que le serviría para comprar una libra de arroz (35.00 gourdes) Una libra de habichuelas (35.00 gourdes), una libra de aceite (15.00 gourdes) y un par de funditas de agua (5.00 gourdes).

La queja en muchos campamentos es que las patrullas de organismos internacionales solo pasan por algunas calles que no son peligrosas, sin detenerse al menos por un momento.

Haití tiene su propia Policía y también cuenta con brigadas de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití, que se instaló en 2004 y cuenta con más de 9,000 efectivos, entre policías y militares, de unas 50 nacionalidades diferentes. Son conocidos como los cascos azules. En las calles de la ciudad se observan patrullando frecuentemente y apostados en algunas esquinas.


Diferencia. La situación no es común en todos los campamentos. Existen algunos que cuentan con orden propuesto por los mismos refugiados en procura de una convivencia lo menos trágica posible. Uno de ellos se ubica en la zona de Cahamaga. Aquí existe un comité que se ocupa de vigilar que no haya robos, agresiones y mediar entre conflictos.

Ferdinand Jean Jacques preside esa organización. Sobre la situación de las mujeres asegura que no se ven casos de abusos sexuales y que tampoco se forman rencillas entre los que acampan allí, que suman unas 5,479 personas, de las que 2,700 son menores.

Junior Pierre, de 25 años, es uno de los vigilantes. Nació en Santo Domingo, República Dominicana, donde aprendió a hablar un perfecto español. Es quien sirve de intérprete al equipo de Multimedios del Caribe para hablar con los damnificados. “Nosotros mismos cuidamos que las cosas estén en el orden posible. Lo que hay es mucha hambre, no tenemos comida, esa es la urgencia ahora mismo”, indica.

En ese campamento, Joseph Marcel se encarga de asistir a unos 80 niños a los que el terremoto dejó en orfandad. Consiguió una especie de pupitres de madera donde ubica los menores para enseñarles matemáticas, a leer y escribir en francés y creole. Además, les enseña algunas palabras en inglés.

“Tengo hermanas en Nueva York que me envían un poco de ayuda. No hay lápices ni cuadernos ni pizarrón pero algo hacemos con estos niños, que por lo menos aprendan a leer es importante”, dice.


Un problema antiguo

El abuso sexual hacia la mujer es un problema antiguo en Haití, que se ha intensificado después de la tragedia del 12 de enero. Las víctimas no tienen ánimo de hacer denuncias porque la experiencia les refleja que aunque detienen a los agresores, son pronto liberados. Eso implica que su vida corra peligro debido a que los victimarios regresan a agredirlas en venganza por haberlos puesto en evidencia.

Las violaciones a las mujeres eran un mecanismo de represión e intimidación por parte de militares y paramilitares durante en régimen de Cedras, entre 1991 y 1994.

Más adelante, en el gobierno de Jean Bertrand Aristide se creó la Comisión de la Verdad y la Justicia que calificó ese colmo de la humillación como crímenes contra la humanidad. Sin embargo, esos crímenes quedaron impunes y poco se hizo para ayudar a las víctimas.

Quejas y denuncias de refugiados

Carlos Jean Charles

“Hay muchos ladrones en los campamentos. Si usted se descuida, señorita, le quitan su bolso. Hay gente anda armada y amenaza al otro para atemorizar. Aquí no hay nada, solo gente desesperada”



Ferdinand Jean Jacques

“La gente tiene mucho miedo a las lluvias. Si ahora llueve apenas pocas horas y quedamos inundados ¿qué será de nosotros si seguimos en estas condiciones si tenemos un huracán? Esa es la pregunta que nos hacemos.


Junior Pierre

“Yo vivía en Santo Domingo pero el día del terremoto estaba aquí en Puerto Príncipe. Ahora no puedo irme porque perdí mi pasaporte y todos mis documentos. No tengo nada. Quiero reunirme con mi familia”.


Joseph Marcel

“Me preocupa los niños que han quedado huérfanos. Aquí hemos reunidos unos cuantos y estamos atentos a su situación, pero la calle está llena de niños desamparados, sin familia, desprotegidos, caminando sin rumbo”


Fotos: Juan Almánzar

Publicado en El Caribe

martes, 1 de junio de 2010

La vida en las carpas se enloda

Precariedad. Miles de damnificados del terremoto que devastó una parte de Haití el pasado 12 de enero continúan viviendo en condiciones de miseria en carpas ubicadas en los espacios públicos, a más de cuatro meses de la tragedia.


Anna Pierre y sus cinco hijos llevan tres noches seguidas sin dormir. La lluvia los desvela. Los chorros se cuelan por la carpa que le sirve de morada en la zona de Cahemaga, Puerto Príncipe. Al igual que sus vecinos, se pasa la madrugada apartando el agua que inunda los dos metros por tres donde reside.

El piso es de tierra. La carpa está ubicada en lo que era un terreno baldío antes del trágico sismo del reciente 12 de enero.

La misma suerte toca a los refugiados en la Plaza Boyer y a los pocos que quedan en el estadio de Fútbol. En general, es lo mismo en todas partes. Las carpas están tan pegadas unas con otras que casi no dejan espacio para trasladarse.

La gente que sobrevive en los campamentos se levanta muy temprano, cuando ni siquiera ha salido el sol. La primera tarea es remover el lodo espeso que en su interior se han formado estos días de constantes aguaceros y limpiar de alguna forma las pocas pertenencias que tienen, que en la mayoría de los casos, no pasa de una colchoneta y un par de raídas vestimentas. La segunda tarea es la más difícil, encontrar qué comer.

“Aquí no llega comida, no hay trabajo no hay dinero, nada. Estamos muy mal. Paso días sin comer. Tenemos hambre. Los niños están enfermos”, afirma Anna que perdió su casa en el sismo y a varios familiares.

Ese lamento repite la multitud apostada en las inmediaciones de lo que era el Palacio Presidencial. Dickenson Moulier, de 38 años, explica que la ayuda alimenticia no llega y que en algunas ocasiones se acerca una comisión del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) que solo entrega comida a los niños.
“Esto es muy triste. No tenemos a donde ir. No hay a quien pedir nada”, expresa Moulier en una mezcla de español y creole que apenas se puede entender.



El hacinamiento en esos campamentos improvisados constituye un problema de salud y también afecta la dignidad humana. Allí la privacidad es un derecho desconocido. Hombres y mujeres se bañan desnudos a la intemperie en medio de sus compañeros de penurias.

Este sábado hay alegría en la Plaza Boyer porque de uno de los grifos sale agua que les permite lavarse la mugre de barro acumulada en tres días. Celebran porque no es frecuente contar con ese servicio básico, pueden pasar semanas a secas hasta que un camión cisterna los sorprende con un poco de agua o llega por la única llave que tiene la plaza.

En esos laberintos estrechos no hay espacio para apartar duchas pero tampoco sanitarios. La gente evacua en fundas que luego deposita en un basurero, si acaso encontrara, de lo contrario, deja el paquete en reposo en cualquier rincón.

Se estima que unas 250 mil personas viven en ese tipo de campamentos en Puerto Príncipe donados por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), Agencia española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), organismos de las Naciones Unidas y otros.


La temporada de lluvias es la mayor preocupación de los damnificados mucho antes de que iniciara, porque de los huracanes anunciados para este año se pronostica que unos 14 podrían ser fuertes. El sismo destruyó los edificios que servían de refugio a las personas que residían en zonas vulnerables. Sin iglesias ni escuelas ni instituciones públicas, nadie se imagina donde podrá protegerse de las tormentas.

Las noticias resaltan las calamidades de Puerto Príncipe más que otras ciudades, por tratarse de la capital de Haití, donde funcionaba el centro económico, judicial y gubernamental de ese país. Sin embargo, damnificados en esta área indican que peores condiciones de vida se observan en Jacmel (8 kilómetros de Puerto Príncipe); Leogane, (30 km.); Petit Goave (50 km.); y Grand Goave, (40 km) ciudades desastrosamente impactadas en el terremoto de siete grados que devastó Haití y conmocionó al mundo.


Actividad comercial

En las zonas de campamentos se ubican algunos negocios informales, como la venta de ropas y calzados de segunda mano, golosinas, comestibles y hasta un centro de Internet y puestos para recargar la batería de teléfonos celulares. También, hay personas que tienen frituras, venden comida a la hora del almuerzo, entre otros negocios.

En esas zonas no hay energía eléctrica, de hecho ese servicio es bastante precario en las localidades que quedaron en pie. Como no cuentan con lámparas, por la oscuridad se torna peligroso merodear los campamentos en las noches.

Fotos: Juan Almánzar
Publicado en El Caribe

Mirando a Haití

Estuve en Haití tres días, desde el viernes 28 hasta el domingo 31 de mayo. Fui con un equipo (camarógrafo, fotógrafo y chofer) para realizar unos reportajes sobre la situación de Puerto Príncipe, la capital, a más de cuatro meses de la tragedia del pasado 12 de enero.
El cuadro que ví fue deprimente. Una ciudad totalmente desbaratada, gente luchando por sobrevivir a todo tipo de penurias, miles aglomerados en carpas sin los más mínimos servicios básicos.
La posición del periodista es muy triste. Uno tiene que controlarse para no caer rendido de pena y saber que anda trabajando. Es difícil hacer esa separación. Tienes que sacar fortaleza para seguir adelante, pero no puedes evitar ideficarte con esos problemas y sufrir la penas ajenas.
Tantos testimonios de gente que tiene hambre, víctima de todo tipo de abusos, desesperada, enferma, me hicieron llorar estos días y sacaron de mi los reportajes que compartiré con ustedes en las siguientes entradas a este blog y fueron publicados en el periódico El Caribe.
No parece que hace más de cuatro meses que ocurrió el desastroso sismo de siete grados que devastó varias ciudades y dejó unos 300 mil muertos. Los escombros siguen apilados a un lado de las acera recordando ese fatídico día y la necesidad de actuar pronto para salvar a los que sobrevivieron.

sábado, 23 de enero de 2010

Hay tristeza para todos

Es cierto que falta tanto, pero también se registra abundancia. Sobra lo que nadie quiere. Hay tristeza para todos y dolor para mucho rato. Los ojos no acaban de llorar en Haití. Si hay algo que no cesa, son las lágrimas, que mojan rostros como lluvias la tierra en temporada ciclónica. Llora el que ha perdido todo, le acompaña el que salió ileso.
Todos los males forman un solo desconsuelo que oprime, que agita, que desespera. Parece eterno.
-“¿Qué te pasa Yovanni? El terremoto no afectó tu casa, tu familia está bien. Deja de llorar. En Gonaives apenas se sintió”, le replica un amigo a otro.
¿Y cómo lo logra, si no hay familia? Ni pueblo que acoja ni gente que viva.
Yovanni no llora por él. Se escucha su lamento por los demás: sus paisanos, sus vecinos, su sangre, su cultura, su dignidad herida, su ilusión destruida.
La tristeza alcanza también para repartir a los vienen de fuera, aquellos que no sabían donde quedaba Haití, a los que se enteraron después de la tragedia. Inunda también a los que apenas habían leído ese nombre en los reportes internacionales que le reservaban los primeros lugares en el renglón de pobreza y crisis.
La tristeza sobra en socorristas que dejaron sus tierras seguras para dar su mano a quien lo necesita en medio de los escombros.
Y llegan de todos lados para llorar juntos, pero no sentados, sino de pie, con la pala en mano, a ver si por fin termina la sequía que agrieta a ese país.

miércoles, 20 de enero de 2010

Haití llora sus penas

Rafael Páez

Desde las entrañas mismas de la tierra
un estruendo pavoroso se ha escuchado,
y a seguida un temblor enfurecido de
su suelo a Haití casi ha borrado.

Todo símbolo de poder se ha ido abajo.
Hay montones de cadáveres tirados, y
se escucha el clamor de los que aún viven
cuando piden, por favor, ser rescatados.

El dantesco panorama que ha quedado
es capaz de entristecer al más vil de los
humanos, y nos lleva a preguntar por qué
Dios ha permitido tal desgracia a este
pueblo de por sí desamparado.

Es preciso con urgencia dar la mano y
hacernos solidarios con sus penas, y al
Todopoderoso elevar una plegaria por los
que han muerto en la primera nación libre
de América.

martes, 19 de enero de 2010

La angustia del que está lejos

Pascale, que antes conversaba animada, ahora casi ni habla. La tragedia que sufre su país la mantiene retraída, ensimismada, con claras evidencias de tristeza.
¿Cómo está tu familia? ¿Qué has sabido de nuevo? Son las siguientes preguntas que le hacemos todos, después de cumplir con el protocolar “buenos días”.
"Están bien", responde escueta. Pero su mirada delata que mucho anda mal. Nosotros lo sabemos. A diario lo confirman las trágicas imágenes de Haití. Lo triste es que así continuará hasta muchos días, quizás, hasta muchos meses. A Puerto Príncipe habrá que rehacerlo y no es tarea fácil.
De mi parte, no sé cómo consolar su tristeza silente. Por algo aportar le digo que demos gracias a Dios porque, al menos, vidas no se perdieron en su familia y que lo material se puede conseguir otra vez.
La incertidumbre duele. Si hay duda, pregúntenle a Sonia. Ella no tiene la suerte de su paisana Pascale. Una semana después del sismo ignora el paradero de una parte de su familia. “Estoy desesperada”, me dice, sentada al lado de su mesa abarrotada de cremas, paquetes de cabello sintético, sandalias de goma y ropa interior femenina y masculina. No ha dejado de poner su venta en una esquina del Parque Enriquillo. “La cosa está muy mala, tengo que trabajar para poder ir a ver cómo está mi gente”, dice.
Por una vecina supo que sus primas están bien. Sin embargo, no se siente tranquila. Ha visto tantas imágenes devastadoras en la prensa que no sabe qué pensar.
Muchos haitianos todavía no han podido comunicarse con sus familiares. Para algunos, su situación de residencia irregular en el país los detiene para viajar hasta allá, a pesar de que las autoridades han flexibilizado los controles de migración.
Otros no han podido ir por falta de recursos. Dirigirse a Haití significa una inversión que algunos no pueden costear.
Es terrible la impotencia que invade al que está lejos. Querer ayudar y no saber cómo.
Sí, la incertidumbre duele.

sábado, 16 de enero de 2010

Hoy más que siempre

La naturaleza se rebeló. Nos obliga a mirar a Haití. Qué triste que tuvo que pasar un desastre para que nos conmovamos ante su precariedad. Qué triste que esperáramos a que imágenes de miles de cuerpos inertes, envueltos en sangre y tierra, nos den la alerta. Que se destruyera una ciudad para que entendamos que esa nación nos necesita.
Haití es una urgencia que no acaba. Hoy más que nunca, no solo miremos allá, unámonos, ayudemos, oremos, actuemos.
El lado este de La Hispaniola se salvó de milagro. Aunque las catástrofes naturales son inevitables, trabajemos para saber cómo responder cuando nos toque.

¿Dónde estaba yo cuando la tierra tembló?

Concentrada frente a mi ordenador, tecleaba sin parar una nota para publicarse al otro día. Me sentí mareada y como que me movía. Miré a mi a mi lado, mi compañero parecía tambalearse sentado en su silla. La mesa temblaba, los ordenadores también.
Arismendy y yo nos miramos sorprendidos. "¿Soy yo o tú te estás moviendo?", me preguntó.
Era un temblor de tierra. El más fuerte que se ha sentido en varias décadas. dicen que en la escala siete de Richter. No lo sé.
Pasaban de las seis de la tarde. En segundos empezaron los rumores. Todos en la sala de redacción estábamos inquietos, sorprendidos, pasmados, nerviosos, mareados...
Se armó un corre corre. Pánico. Empezamos a leer los cables de noticias, a ver los noticieros de radio y televisión: nacionales y extranjeros.
El periódico cambió su pauta y empezamos a buscar espacio, mucho, para contar los detalles.
La isla La Hispaniola se estremeció. De mi lado sólo fue un susto. Pero en Haití resultó un catástrofe.
Aún no salgo de mi asombro, como en segundos se nos va la vida y se vuelve polvo lo que nos costó tiempo y sacrificio construir.

viernes, 15 de enero de 2010

¿Un pueblo maldito?

Cuando Dios castiga

Por Petra Saviñón

Es medianoche, aún estoy en el trabajo. Han sido tres días muy duros. La angustia apenas me deja dormir o coordinar ideas.
Lo único que retengo son las imágenes de gente que corre desesperada en calles que se han vuelto multicolor ayudadas por la sangre y el lodo.
Tengo 33 años y el martes fue la primera vez que sentí los efectos de un terremoto. Apenas percibí un ligero vaivén.
A partir de ahí el caos. Los cables, las fotografías, las llamadas. La incertidumbre todo lo transformó.
Desde entonces gran parte de mi tarea ha sido concentrarme en depurar información y en elegir fotografías para acompañarlas. He visto mi rostro en cada ser humano envuelto en sábanas blancas en medio de las calles haitianas.
No es distinto en la casa. El bombardeo de imágenes en la televisión aumenta mi malestar estomacal. Estamos abrumados. Preguntándonos qué va a pasar después de que esto ya no sea noticia. Qué hará Haití con la extrema miseria que se le viene encima. Hasta cuándo seguirá la ayuda, que aún no empieza a ser repartida.
He sentido mi propia desesperación en la voz de los que gritan y corren en busca de los suyos y me cegó la rabia cuando leí que el televangelista *Pat Robertson dijo que Haití está “maldito” por llegar a “un pacto con el demonio” durante su historia.
Su vocero sale a aclarar lo que encierran esas bestiales palabras. Se refería-dijo- a los rituales de vudú realizados antes de una rebelión de esclavos contra los colonizadores franceses en 1791.
No es el único. En un programa de televisión local una mujer analiza las razones por las que este lado de la isla no sufrió daños, rauda llega a una conclusión. “Es que Dios nos protegió porque nos ama”.
Se trata de la expresión máxima de la intolerancia y del fanatismo religioso de los que se creen aptos para mostrar el camino correcto. De los que piensan que tienen la facultad de decidir lo que está bien y lo que no, porque la suya es la única doctrina con asidero. Es la religión parcial. Absoluta y omnipotente.
Desconocen u olvidan que el mayor dios que castiga a los haitianos es la pobreza en la que lo han sumido sus gobernantes y las potencias que le cobran caro el atrevimiento de ser libres y que ahora tratan de huntar saliva en la herida.

*Pat Robertson es el mismo que sugirió a los agentes estadounidenses asesinar al presidente venezolano Hugo Chávez y que aseguró que el infarto que sufrió el primer ministro israelí Ariel Sharon fue una represalia divina por retirarse de la Franja de Gaza. Luego de su declaración sobre Haití anunció que enviará “millones de dólares”.

miércoles, 13 de enero de 2010

¡Ayuda para Haití!

Mi amiga Petra Saviñón me envía este mensaje que comparto con ustedes. Haití ahora más que siempre nos necesita. Todo lo que podamos llevar es importante.

Esta es la hora precisa para manifestar la solidaridad que carecteriza a los dos pueblos que comparten esta isla

¿Qué se necesita?
-Sangre
Medicamentos
- Analgésicos
- Antipiréticos
- Anestésicos
- Antiinfecciosos
- Vitaminas, Minerales
- Material de inyección
- Material de protección desechable
- Material de sutura
- Vendajes
Sueros de rehidratación oral
Gasas
Algodón
Analgésicos en general
Cabestrillos
Vendaje elástico
Toxoide antitetánico Ganmaglobulina antitetánica humana
Antibióticos (amoxicifilina, en suspensión y/o comprimidos)
Antisépticos (tipo yodopovidona, o tipo jabón de clorhexidina)
Toallas sanitarias
-Ropa
-Agua potable en botellas o galones
-Comidas enlatadas (sardinas, tuna, habichuelas, salchichas, sopas).
- Galletas de soda
- Pastas alimenticias
- Leche líquida de larga duración
- Jugos de fruta tetra pack
- Aceite
- Jabón, Detergente
- Frisas, sábanas, toallas, cobijas
- Tiendas de campaña
- Sacos de dormir
- Focos, linternas

Centros de acopio

Santo Domingo
Cruz Roja 809-582-2595
COE 809-472-8614 al 16
Colegio Médico 809-533-4602
Centro Bonó, c. Josefa Brea N. 65, Mejoramiento Social, Santo Domingo, (809)
682-4448; (809) 688-1646
Aldeas Infantiles SOS 809-567-8986
Universidad del Caribe km 7 ½ autopista 30 de mayo 809-616-1616 ext. 392
Centro Alberto Hurtado, Av. Jiménez Moya N. 37, (al lado de Inazúcar),
Santo Domingo, 809 535-2977
Cefasa, Km. 5, Autopista Luperón, 809 736-8272

Frontera
Oficinas de la Defensa Civil y del Servicio Jesuita para Refugiados
Solidaridad Fronteriza, C/ Manuel Roca 13, Dajabón, 809- 579-8993

Santiago
Centro Bellarmino, Km 1 .5, Aut. Duarte, Santiago, 809- 582-6998
CDN2: Calle Estado de Israel esq. Moisés Zouain, Plaza Centro del Este, 2do. Piso. 809-582-6600
Aldeas Infantiles SOS 809- 275-1325

Este
Bavaro News, Av. 1ero. de noviembre edificio Las Arenas, Punta Village , 809-959-9021

domingo, 1 de noviembre de 2009

Sueños universitarios

Wisna Josué es tímida al hablar. Sólo para contestar qué hará cuando termine sus estudios de Medicina en Santo Domingo levanta la mirada. “Lógicamente, quiero regresar a mi país. Haití me necesita”, dice. Y se le iluminan los ojos.

Hace nueve cuatrimestres que esta joven de 25 años se inscribió en la Universidad Tecnológica de Santiago (Utesa) para ser médico. Es la carrera más demandada por los más de tres mil estudiantes haitianos matriculados en República Dominicana.

La razón es que en la Escuela de Medicina de Haití la oportunidad de inscribirse se da una vez al año, con cupo limitado, explica Estephat Saint Phard, de 31 años, colega de Wisna.

En Utesa sobresalen los grupos de jóvenes concentrados en sus libros, intercambiando ideas en francés o creole. Similar escenario se observa en las facultades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, aunque en equipos de menor cantidad. Tienen su propia “embajada” y una asociación que coordina actividades sociales y partidos de fútbol.

Después de Utesa, la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) es la segunda en la preferencia. Acoge a la mayoría de alumnos haitianos en el campus de Santiago, donde también existe una entidad que los congrega.

Basta entablar una breve conversación con alguno de ellos para descubrir su timidez y la simpatía que escapa en sus sonrisas. También se percibe su recelo cuando se les acerca un desconocido.

“El haitiano es una persona que no se da a conocer, que habla poco. Prefiere estar con su gente y comparte poco con el otro. La relación con el dominicano tiene que ver también con la historia”, afirma Yvely Antoine, estudiante de la PUCMM, de 24 años.

Esa dejadez para ligarse con los dominicanos lo confirma un estudio del psicólogo Heandel Beabrun, graduado de la PUCMM, que revela que el 67 por ciento de los haitianos no participa en grupos de dominicanos.

La migración de estudiantes, la mayoría hijos de padres adinerados y de clase media, es la expresión distinta a la que se acostumbra ver en la cotidianidad. Sus propósitos en nada se asemejan a los de quienes vienen a trabajar en labores agrícolas o en el negocio informal. Muy pocos demuestran interés en permanecer en este país al concluir sus estudios. El interés que prima es seguir formándose en el extranjero para alguna vez regresar a Haití.


También sufren discriminación

Fuera del campus universitario, la discriminación acecha a los estudiantes haitianos con más intensidad. La queja apunta en primer lugar a la Policía, cuyos agentes los detienen sin razón aparente y los apresa a pesar de que los jóvenes les presentan su carnet de estudiante y su pasaporte visado legalmente.

“La universidad no es tan difícil, lo que nos da mucho estrés es la calle, porque no se sabe lo que va a pasar cuando alguien se te acerca. Yo fui víctima de la Policía, me llevaron preso y por más que insistí en mostrar mis documentos, me ignoraron. Nos detuvieron y no supimos por qué”, cuenta Emmanuel Laloi, de 24 años.

Hay quienes perciben el rechazo de una parte de la población cuando conocen su nacionalidad y lo atribuyen al desconocimiento que tienen muchos dominicanos sobre la historia y la realidad de Haití.

“Hay dominicanos muy buenos y educados. Pero también encontramos unos muy brutos. En la universidad hay profesores mala fe que reprueban las materias a los haitianos. Nosotros somos gente culta. La formación intelectual que tenemos nos da fuerzas para aguantar esas dificultades”, argumenta Estephat Saint Phard.

Padres y familiares asumen costo

La mayoría de los bachilleres que vienen de Haití son hombres con edades entre 20 y 35 años y escogen este país por la cercanía geográfica.

Una investigación que realizó el director de Planificación de la Universidad Apec, Francisco D´Oleo, reveló que los estudios de una gran parte son financiados por sus padres (75.7%;) seguido de otros familiares que viven en el extranjero (27.5%). Además, el 6.8% se lo costea personalmente, y becados se registró el 1.8%.

Propósitos de los estudiantes y experiencia de un profesor

Enmanuel Laloi
Estudiante de Medicina


"Nuestras familias están trabajando duro para mantenernos. Dependiendo de las ofertas, pienso regresar a mi país. Aquí el problema es que mucha gente no respeta a los haitianos, no se refiere a que seamos negros”.

Richard Chérubin
Estudiante de Medicina


“Estudiaba en Haití, pero la inestabilidad política me hizo emigrar. La convivencia entre profesores y compañeros es muy buena. Me siento bien. Viajo a Haití cada vez que tengo vacaciones, tres o cuatro veces al año”.

Stacy Pierre
Estudiante Informática


"La situación política y socioeconómica de Haití me motivó a venir a estudiar en Santo Domingo. Cuando termine la carrera pienso ir a otro país, sea europeo o americano, para seguir especializándome en mi área”.

José Then
Profesor de Química


"Tengo una clase de 50 alumnos donde el 90 por ciento es haitiano. Son muy aplicados y disciplinados. El idioma no es una barrera para entendernos. Del rendimiento académico te puedo decir que la mayoría es excelente”.

Publicado en El Caribe