martes, 6 de enero de 2009

La magia de los reyes


Con dirección a la Pagés del Corro iba yo también a toda prisa con mi funda en la mano. Avanzaba ansiosa. Igual que los niños, igual que los adultos que no querían perderse el desfile de las 30 carrozas del Día de los Reyes Magos.
La tarde de este cinco de enero era gris. Pero ese nublazón que parecía que anunciaba un diluvio nó mermó las ganas de los que queríamos admirar el cortejo de la ilusión. Por suerte, no llovió.
Hacía muchos años que no vivía con tanta emotividad este día hasta que llegué a Sevilla. Me llamó la atención la magia que envuelve a los niños en esta época. Desde diciembre se les alienta a escribir la cartita a los Reyes Magos. Un montón de publicidad por todas partes. Los centros comerciales tienen sus buzones. Está el Heraldo Real que va a los hospitales y a los centros de acogida de infantes para mantener la ilusión y recoger las cartas. Los periódicos no se quedan atrás: reseñan cada acontecimiento relacionado con este evento.
Eran las seis de la tarde. Cuando quise llegar a la Pagés del Corro ya la calle estaba invadida por la multitud, agolpada en cada esquina.
Afortunadamente, cuando pasó la primera carroza había logrado un huequito estupendo en la intersección con la Farmacéutico Murillo.
Las carrozas (de Alicia en el país de la maravillas, el mago Berlín, personajes de Disney y otras fantasías) iban llenas de niños como pagecitos de los reyes que lanzaban caramelos por millares. La gente pedía y pedía. Los pequeños parecían no dar abasto para satisfacer sus demandas de más caramelos.
Es una euforia, es una emoción inmensa.
El ayuntamiento informó que unas 550.000 personas salieron a ver la "cabalgata", en la que se distribuyeron unos 50.000 kilos de golosinas (15.000 menos que el año pasado).

Mis zapatos se quedaban pegados en el asfalto por la melcocha de dulces aplastados. Las gomas de los camiones que arrastraban las carrozas estaban forradas de un lodo de golosinas.
Mi funda resultó pequeña y seguían pasando las carrozas y lloviendo caramelos. Entonces llegó el turno de usar mi cartera, la llené hasta que no podía cerrar el zipper.
Y continuaban cayendo las mentas, gomitas, paletas con sabor a piña, de fresa, naranja -Oh Dios-, recogí hasta que no cupo uno más en los bolsillos de mi abrigo.
Recuerdo que la historia de que los Reyes Magos eran quienes dejaban los juguetes me la creí hasta ya grandecita –no recuerdo la edad pero sé que para entonces ya tenía juicio suficiente como para entender que era sólo un cuento. Aún así me creía la historia de los tres magníficos-
Para mí resultaba difícil comprender, porque tuve unos padres que cumplieron su labor con demasiada eficiencia. Por más que mi hermana y yo permanecíamos en vela, junticas en la misma cama, nunca pudimos sorprenderlos cuando ponían los juguetes.
Hasta que en una ocasión, mi hermana y yo nos dimos cuenta, no porque lo hubieramos visto, sino porque a mi papá se le ocurrió dejarnos una nota junto a la 'calculadora que habla' (mi papá siempre daba unos regalos extraños, pero siempre útiles). La nota decía algo como “Por haberse portado tan bien este año, Melchor, Gaspar y Baltazar hemos decidido dejarles esta calculadora, que les ayudará con sus tareas de matemáticas. Es una calculadora especial, porque habla”.
La calculadora mencionaba con voz femenina cada tecla que se marcaba: "uno", "tres", "sumar", "igual", "dividido por", "borrar"... Y tenía tres velocidades y una musiquita muy chula.
Era la letra de papi, indiscutible, y el papel era de la libreta que tenía siempre encima del gabetero -¡vaya desliz!-. Pude reconocer incluso la tinta de su felpa azulmarino. Esa felpa por la que tantas veces me regañó porque dizque se la cogía sin permiso (mis hurtos nunca fueron efectivos, a los cinco minutos ya papi estaba echando de menos alguna de sus felpas. ¡No comprendo cómo! ¡Si tenía docenas! Pero bueno, ya eso es tema de otro post).
Para mi hermana y yo tal descubrimiento no fue decepción, más bien, orgullo por el regalo más grande que Rey alguno puede dar, unos padres tan maravillosos como los nuestros.

Esta foto me la envió José Rodríguez Polvillo. Es una de las carrozas que participaron en el desfile de la localidad de Gines (Sevilla).

5 comentarios:

Horacio Gambarte dijo...

Brisa, tuvimos unos padres maravillosos. Brindo por eso, por tí, por los reyes y por los hijos agradecidos. Salud!

Themys Brito dijo...

Muy lindo relato. Nos transportas completitos al desfile, dejándonos sabor a caramelos.
Un saludo.

Felivia dijo...

Salud, Horacio!!

Felivia dijo...

Te aseguro que me pasaré un buen tiempo degustando de esos caramelos. Un abrazo Themys.

Orlando Jorge Mera dijo...

Tienes que prometerme que tus padres van a leer las entradas que les ha dedicado a ellos. Se van a sentir muy orgullosos de ti. Ese es el mejor regalo del Día de Reyes. Tus entradas del blog están muy interesantes y novedosas.